La aburrida nueva normalidad

Avanzamos cada día un pasito más hacia una extraña nueva normalidad. Ya estamos acariciando la fase 3 de la desescalada, lo que nos permite juntarnos de veinte en veinte para tomar cañas en una terraza o celebrar un cumpleaños en casa (pero no para retomar las clases en las escuela), y en breve, en cuando lo diga el lehendakari Urkullu, que será a partir de ahora quien mande también en la formas, pasaremos a esa nueva situación que en algunas cosas se parecerá mucho a la vieja y, en otras, será incomprensiblemente novedosa. Un verano con las playas a tope (viejo), pero sin colonias para los niños (nuevo). Con escapadas a Cantabria, La Rioja y Cádiz (viejo), pero sin música en directo (nuevo). Con las terrazas a rebosar (viejo), pero sin fiestas populares (nuevo).

Es cierto que aburrirse o no depende mucho de cada uno, de su carácter y de las ganas de encontrar diversión que cada uno tenga. Pero fácil no se lo van a poner a quienes todavía crean que no es del todo sensato lanzarse al veraneo sin límites al que nos invitan los gobernantes (playa, hotel, chiringuito) mientras las autoridades educativas nos siguen advirtiendo de que los niños van a tener que volver a clase en septiembre prácticamente envueltos en papel film, con mascarillas, segregados por edades, sin poder jugar al balón en el recreo y en grupitos de 15. Quienes opten por el verano vitoriano saben que tendrán que ir tachando ya de la agenda los principales actos que daban color al estío de la capital. Sin Azkena, la gran cita rockera; sin Kaldearte, el gran festival de teatro de calle al aire libre; sin Jazz, que este mismo viernes anunció la cancelación del certamen hasta 2021; sin fiestas de La Blanca y sin Mercado Medieval para cerrar la temporada. El FesTVal también toca en septiembre, ya veremos si se celebra y en qué condiciones. Joseba Fiestras aún no ha soltado prenda.

Y quizá sea Joseba el más sensato de todos, porque a uno, llegado este punto, le embarga la duda de si no nos habremos pasado de frenada cancelando prácticamente todo. La fase 3 arranca ya y el lehendakari podría incluso adelantar el paso a la vieja-nueva normalidad antes de que se cumplan los quince días preceptivos. Al Gobierno de Sánchez, como prácticamente todo lo que propone el PNV, le parecería esencialmente bien, ya lo han dicho sus ministros. Así que quizá nos podemos olvidar de las fases y dar la desescalada por concluida en menos de dos semanas. Quizá en una, quizá en una y media. Para el 22 de junio, como muy tarde, todo liquidado. ¿Es cierto que no existen fórmulas para celebrar ninguno de los actos culturales propios del verano en julio y agosto? ¿Ha faltado imaginación, ideas, dinero o valentía? ¿O es que todavía siguen en ello?

La administración pública parece un gran dinosaurio que no ha sabido adaptarse a las necesidades del momento. Una reunión con cuatro o cinco expertos en la celebración de eventos (y en el periódico tenemos a unos cuantos), una tormenta de ideas con gente del sector, aderezada con cierto arrojo político y las partidas económicas pertinentes, habrían sido suficiente para dar contenido cultural a un verano que parece, a nada de que comience, desolador. El Jazzaldia de Donosti, por ejemplo, se va a celebrar, en formato reducido y con artistas locales. ¿No habría sido posible hacer algo similar? ¿No se pueden programar conciertos o teatro en grandes espacios como el Iradier, la plaza de Santa Bárbara, la propia plaza de los Fueros, con público sentado y separado como ordenen las autoridades sanitarias? ¿No se puede invertir el dinero ahorrado por la cancelación de la mayoría de los actos de La Blanca en una programación veraniega de pequeño formato en el centro y los barrios? ¿No se puede programar nada de la agenda de las fiestas al margen de aglomeraciones, como fuegos artificiales, teatro o bailables para los mayores? La concejala de Cultura, Estíbaliz Canto, ha anunciado para mañana su primera comparecencia en mucho tiempo, con la desescalada cultural como asunto a desvelar. Veremos en qué términos, si solo afecta a la reapertura de espacios municipales (Montehermoso, bibliotecas) o si hay una apuesta cultural detrás pese al tijeretazo que, es de suponer, sufrirá un Departamento de Cultura habitualmente poco mimado por los gobernantes.

La sensación de que la cultura y sus agentes han sido enterrados en los más profundo del Covid es compartida por muchos, en Vitoria y también en otras ciudades. Pero la cultura no es accesoria, es motor de una ciudad moderna, de su carácter y de su economía. Si no hay dinero, lo necesario es imaginación. Y si se encuentra, arrojo para llevarla a cabo. Pero lo que no se puede tolerar es construir una nueva normalidad en la que la cultura no existe. Porque entonces no es normalidad ni es nada.

 

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