Nada va a cambiar

El miedo es una herramienta muy poderosa. Una de las más poderosas, de hecho. De ella se han valido a lo largo de la historia tiranos de todo pelaje para conseguir o perpetuarse en el poder; civilizaciones enteras para someter a otras; personas individuales y anónimas para doblegar los ánimos de sus congéneres u organizaciones criminales para extender su reinado de terror. También es una férrea herramienta de autocontrol. La angustia a que nos pase algo malo nos sirve de escudo ante ciertas temeridades. Nos retrae de comportamientos que pueden ponernos en riesgo. Es un sentimiento doble. No lo consideramos una virtud, pero sin ese pinchacito de vez en cuando podríamos convertirnos en unos peligrosos insensatos. 

El miedo a enfermar, a lo desconocido, a sufrir en un hospital, nos llevó a aceptar con notable entereza social la más dura de las medidas que se debieron adoptar cuando la crisis sanitaria provocada por el Covid-19 era ya evidente en España. Nos obligaron a recluirnos en casa y despertó en todos un caudal de sentimientos puros, de solidaridad, de firmeza, de comprensión y aceptación del sufrimiento que conllevó para millones de familias la nueva y desesperada situación. Todos nos amoldamos como pudimos por miedo al coronavirus, a sufrir la enfermedad, a transmitirla a nuestros seres queridos. 

Durante esas semanas en las que nuestra vida cambió de manera radical comenzamos a imaginar el futuro. Las ideas bullían. Todos jugamos a imaginar cómo iban a cambiar las relaciones sociales después de la pandemia, los negocios, la educación, la movilidad, el trabajo, el ocio, el comercio, nuestras prioridades. Hay cientos de lecturas interesantes sobre ello. Nada va a ser igual, decíamos. Dejaremos de darnos la mano para saludar, se acabaron los besos en la mejilla, el teletrabajo sustituirá al desempeño presencial, la industria de la música y del cine tendrá que reinventarse, el fútbol cambiará sus teatros de los sueños, buscaremos otro tipo de vacaciones, la mascarilla será un complemento más de nuestros atuendos, la educación online será moneda de cambio habitual en los colegios, prestaremos más atención a lo importante, la salud, la familia, el bienestar de nuestro grupo, y menos a lo accesorio.

Hoy, cuando estamos todavía a un día de alcanzar la fase 2, la antesala de esa nueva normalidad que da nombre a la anterior situación que te he descrito, debo decir que dudo mucho de todo ello. La desaparición paulatina del miedo a enfermar, a la saturación hospitalaria, a la transmisión comunitaria del virus, nos arrastra de forma precipitada a la vieja normalidad sin que apenas nos dé tiempo a preparar la nueva. Todos lo hemos visto. Aglomeraciones en las terrazas en cuanto se permitió su apertura, paseos repletos, deportistas sorteando peatones en auténticas romerías urbanas, normas de autoprotección que se cumplen solo por miedo a la multa, nutridas manifestaciones ajenas a la distancia social y esperpénticas imágenes de fiesta juvenil como las que lamentablemente hemos conocido este fin de semana y que fueron grabadas en Beasain. Y eso que aún sigue vigente el estado de alarma, el toque de queda (a las once en casa) y la restricción de la actividad económica. A partir de este lunes, quién sabe lo que puede ocurrir.

En pocas semanas rozaremos ya la normalidad. El presidente del Gobierno anunció ayer el regreso del fútbol, nos invitó a pensar en nuestras vacaciones, anticipó que podremos acoger con alegría a los extranjeros que venga a buscar sol y playa y, en este carrusel de mensajes absurdos y contradictorios en el que se ha convertido la gestión política de la pandemia, nos informó de que prácticamente ya está, que lo más duro ha pasado.

El ansia por regresar a esa normalidad anterior es lo que me lleva a ser pesimista sobre el futuro. No sé cuántas de esas imágenes mentales que nos hicimos de un futuro mejor se convertirán en realidad, pero lo que parece claro es que será mucho más difícil de lo que  creíamos. En cuanto pase el miedo, y a buen seguro desaparecerá en breve, aquellos que lideraron la marcha hacia una normalidad mejor, construida sobre la base de que hayamos aprendido algo de lo que hemos pasado, se quedarán solos. No les será fácil hacerse oír. Pero me gustaría equivocarme y tener que reconocer dentro de un tiempo que una única pandemia fue suficiente para cambiar las cosas.



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