La hora de las ciudades

Artículo originalmente publicado el 3 de mayo de 2020

Decían que éste iba a ser el siglo de las ciudades. Se dijo desde recién iniciado, en una cumbre en Río de Janeiro donde se puso de manifiesto que el poder geopolítico había estado en manos de los imperios en el siglo XIX, de los estados en el XX y que, vista la tendencia urbana y demográfica, bien era posible que acabara estando en manos de las polis en el XXI. Para entonces más de la mitad de la población mundial ya residía en concentraciones urbanas que apenas suman el 2% de la superficie terrestre. En Europa aún se alcanzan porcentajes mayores, del 70%. Las ciudades, solas o en mancomunidad, se erigían como sujetos del poder ciudadano con grandes atractivos, pero muchos retos por delante. Desde su relación con el resto del territorio (lo rural, ‘el campo’, por contraposición), muy controvertida en lo referente al trasvase de población y a la producción de alimentos, por ejemplo; hasta la propia convivencia ciudadana en el pequeño espacio urbano de la ciudad. Se abría un ilusionante trayecto para las ciudades de todos los tamaños, desde las grandes urbes y las gigantescas conurbaciones hasta las ciudades de tamaño medio como la nuestra. Para Vitoria y para las que se parecen a ella hasta se creó un sustantivo nuevo: la superciudad europea. El espacio de convivencia que busca ser un referente en calidad de vida, competitividad económica y sostenibilidad. Un edén donde vivir, trabajar y poder realizarse como ciudadano siendo además punta de lanza en el que era (¿lo sigue siendo?) el gran reto de esta mitad del siglo, la emergencia climática.

Hoy la pandemia ha puesto todo esto en entredicho. Las ciudades han tenido una capacidad muy limitada para establecer sus normas de control del virus o de limitación de sus consecuencias. Salvo excepciones, hasta sus centros de poder político han estado prácticamente desaparecidos del liderazgo público durante buena parte del estado de alarma que confinó a los ciudadanos en sus viviendas en una medida sin precedentes. Las ciudades han actuado tarde y sin recursos, como sus propios responsables han terminado admitiendo. Y no han sido tenidas en cuenta en las grandes decisiones, que han centralizado las comunidades autónomas en aquellos resquicios que les ha permitido el poder central. Ni siquiera son sujetos en la desescalada lo que, en casos como el de Álava, llama poderosamente la atención. Se aplican fórmulas provinciales en una provincia (territorio histórico en nuestro caso) en la que solo cuatro de sus 51 municipios superan los 5.000 habitantes, umbral elegido para algunas de las medidas de recuperación de la vida normal como las autorizadas este fin de semana. ¿Pero arrastrará la situación de Vitoria al 95% restante del territorio en el camino hacia la nueva normalidad? ¿Tiene sentido establecer la misma hoja de ruta para la capital que para cualquier pequeño pueblo del territorio, en muchas ocasiones con uno o con ningún caso activo ya de Covid-19 entre sus vecinos?

El siglo de las ciudades había arrancado con buen pie para ellas, pero a las primeras de cambio se ha visto que su influencia no es la que se pensaba. Nunca ha habido más ciudades trabajando en red (en España existe una, en la que participa Vitoria, que pomposamente se llama Red de Ciudades Inteligentes), pero tal interconexión no parece haber sido eficaz para que unas se avisaran a otras de las que se nos venía encima. 

Pero no está todo perdido en lo que se refiere al liderazgo local. Las ciudades siguen teniendo en sus manos poderosísimas herramientas para dirigir la salida de la crisis provocada por la pandemia y para construir la nueva normalidad a la que parecemos abocados. Herramientas para configurar el espacio urbano, para garantizar el distanciamiento social en aquellos momentos en que sea necesario, para ayudar a los sectores económicos más dañados, para configurar nuevos espacios de relación que permitan mantener nuestra calidad de vida sin descuidar la seguridad sanitaria. 

En breve veremos, en este sentido, operaciones de ampliación de aceras, ayudas al comercio y a la hostelería, impulsos a la actividad económica, reconfiguración de algunos espacios públicos, definición de un nuevo modelo de ocio libre de aglomeraciones, conversión de carriles de circulación en carriles para bicicletas…. Son solo algunos ejemplos que no dependen de ningún otro órgano, sólo de la valentía de quienes lideran la ciudad para llevarlos a cabo. En el caso de las bicicletas, la oportunidad parece evidente. La ciudad puede decidir regresar a la normalidad de los autobuses o tranvías con los problemas que conlleva (aglomeraciones, obligatoriedad de mascarilla, tensión por las medidas de protección que reclaman sus operarios…) o definir una nueva movilidad basada en vehículos individuales, limpios, no contaminantes y que se aproximan a una sana práctica deportiva. Y atraer hacia ésta, y no hacia el coche privado, a quienes huyan de momento del transporte colectivo por miedo al contagio. 

Y no me resisto a cerrar esta carta sin una mención a la hostelería, quizá el sector que más puede sufrir en el futuro por el cambio de hábitos derivado del necesario distanciamiento social. Vitoria ha sido históricamente una ciudad singularmente estricta con la proliferación de terrazas, con su colocación en la vía pública y con la autorización a cuentagotas y con condiciones leoninas de las terrazas de invierno. Hoy, ese espacio al aire libre parece la única salvación de un sector que da empleo y sustento a miles de familias de la ciudad. Seamos europeos también para esto, abramos la mano, fomentemos con urgencia una revisión de esas condiciones. No por conseguir que los bares abran con seguridad cuanto antes, algo que nos pide el cuerpo tanto como hacer running o dar un paseo por  La Senda, sino porque es de justicia para quienes se ven ahora frente al precipicio de una disrupción más que brusca de su modelo de negocio sin apenas alternativas para hacerle frente.

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