Mentir con la verdad

Por si teníamos poco con la crisis económica, la publicitaria y la adaptación a los nuevos formatos, al periodismo se le suma ahora la necesidad no solo de contar la verdad, sino de desenmascarar la mentira.

Lo cuenta hoy Javier Cercas en este artículo en El País Semanal. 

LAS MEJORES MENTIRAS no son las mentiras puras sino las mentiras mezcladas con verdades. Las mentiras puras no son casi nunca creíbles; las mentiras más creíbles —las mejores mentiras, las más eficaces y más comunes— son aquellas que contienen una dosis de verdad y poseen por tanto el sabor de la verdad. De ahí que en toda gran mentira aniden casi siempre pequeñas verdades.

El independentismo catalán conoce esta ley universal y ha hecho un uso soberbio de ella. Un ejemplo entre miles. El pasado mes de enero la Unidad de Inteligencia del semanario The Economist publicó su estudio anual sobre la calidad de la democracia en el mundo. Éste traía malas noticias para la democracia española, que enseguida fueron difundidas y glosadas por cronistas, comentadores y tertulianos independentistas, así como por los mediopensionistas (los que un día son independentistas y el otro no, o los que lo son o no según dónde escriban o hablen). Las malas noticias de The Economist decían que, a causa de la deficiente gestión de la crisis catalana, la democracia española estaba a punto de dejar de ser una democracia plena (“a full democracy”) y de convertirse en una democracia imperfecta (“a flawed democracy”). Traduzco: “El intento del Gobierno nacional de detener por la fuerza el referéndum catalán de independencia celebrado el 1 de octubre y su tratamiento represivo de los políticos favorables a la independencia la han puesto en riesgo de convertirse en una ‘democracia imperfecta”.

Todo esto comentaban en lo esencial los secesionistas y adláteres, y todo es verdad; pero, en la inmensa mayoría de sus comentarios, esa verdad era sólo la dosis de verdad que dotaba del sabor de la verdad a una gran mentira, de hecho la principal mentira que la propaganda independentista ha difundido con éxito por momentos extraordinario dentro y fuera de Cataluña, sobre todo después del 1 de octubre pasado: que España no es una democracia real sino una prolongación del franquismo disfrazada de democracia. Ahora bien, si esto es mentira, ¿cuál es la verdad? ¿Qué verdad completa ocultaban los independentistas con sus verdades parciales? ¿Qué decía The Economist y el independentismo escondió para amasar su embuste? Dos cosas. Primero, que en el mundo sólo hay 19 “democracias plenas” y que, aunque es verdad que en 2017 la nuestra ha bajado dos puestos en la clasificación (el año pasado ocupaba el 17, éste el 19), lo cierto es que España sigue siendo una democracia plena; y segundo, que, siempre según el semanario británico, Italia no es una democracia plena (ocupa el puesto 21), ni Japón (puesto 23), tampoco Francia (29), ni siquiera Estados Unidos (21, como Italia). ¿Y a que no adivinan qué puesto ocupa Bélgica, esa monarquía en la que nuestros republicanos se refugian de la opresión de la monarquía española? El 32. Han leído bien: el 32. Dicho esto, ¿se atrevería a decir alguien, independentista o no, que Italia es una dictadura disfrazada de democracia, que no es una democracia Japón, ni lo son Francia o Estados Unidos o Bélgica? Esta es, nos guste o no, la verdad completa de The Economist. El resto son verdades parciales; es decir: trolas como casas.

Añado dos cosas. Una: la actual omnipresencia todopoderosa de los medios de comunicación nos condena a vivir inundados de mentiras, y no sólo en Cataluña; por eso ya no basta con contar la verdad: es igual de urgente desenmascarar las mentiras que se cuentan con la verdad. Dos: diga lo que diga The Economist, España es una democracia imperfecta. Las democracias perfectas no existen: una democracia perfecta es una dictadura (la democracia orgánica del general Franco, las democracias populares comunistas); la democracia es una aspiración, un horizonte, una utopía, y por eso una democracia real no es una democracia perfecta sino sólo una democracia infinitamente perfectible. Hacia ese horizonte no se puede avanzar con mentiras; tampoco con quienes, como hicieron el otoño pasado los gobernantes catalanes, intentan destruir una democracia real, con todas sus imperfecciones, en el nombre irreal de una democracia perfecta. Así sólo se avanza hacia la dictadura.

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